Caperucita Roja

Nota: Esta es una versión adaptada del cuento original de Caperucita Roja, basado en la obra de Charles Perrault, pensada para una audiencia infantil.

Había una vez, en una pequeña aldea escondida entre colinas verdes y campos llenos de flores silvestres, una niña conocida por todos como Caperucita Roja. Nadie recordaba su verdadero nombre, porque desde muy pequeña siempre llevaba una hermosa capa roja con capucha, tejida por su querida abuela. La capa no solo la protegía del frío, sino que también parecía guardar el cariño y la sabiduría de quien la había hecho.

Caperucita era una niña alegre, curiosa y de buen corazón. Le gustaba observar los insectos del jardín, escuchar el canto de los pájaros y hacer preguntas sobre todo lo que veía. Su madre solía decir que su curiosidad era un regalo, pero que debía aprender a usarla con cuidado.

Una mañana, cuando el sol apenas comenzaba a iluminar la aldea, la madre de Caperucita la llamó a la cocina. Sobre la mesa había una canasta con tortas recién horneadas y un pequeño frasco de mantequilla.

—Hija —le dijo con voz suave—, tu abuelita está un poco enferma. ¿Podrías llevarle esto para que recupere fuerzas?

Caperucita sonrió y asintió de inmediato.

—Claro que sí, mamá. Me gusta cuidar a la abuelita.

Antes de dejarla partir, su madre se inclinó y la miró a los ojos.

—Escúchame bien —le dijo con seriedad—. Ve por el camino largo del bosque, no te apartes del sendero y no hables con extraños, por más amables que parezcan.

Caperucita prometió obedecer, se colocó su capa roja, tomó la canasta y comenzó su camino hacia la casa de su abuela, que se encontraba al otro lado del bosque.

El bosque era un lugar mágico. Los árboles altos dejaban pasar rayos de luz que parecían hilos dorados, y el suelo estaba cubierto de hojas crujientes. A cada paso, Caperucita se detenía a observar flores de colores, mariposas revoloteando y pequeños animales que se escondían al verla pasar.

Mientras avanzaba cantando suavemente, unos ojos atentos la observaban desde detrás de un tronco. Era el lobo, astuto y silencioso, que conocía bien el bosque y siempre estaba buscando una oportunidad.

—Qué niña tan pequeña… y qué canasta tan interesante —pensó el lobo, relamiéndose.

En lugar de atacar, decidió acercarse con cuidado y fingir amabilidad.

—Buenos días, pequeña —dijo con voz dulce—. ¿A dónde te diriges tan temprano?

Caperucita se detuvo. Recordó las palabras de su madre, pero el lobo parecía tranquilo y educado.

—Voy a visitar a mi abuelita —respondió—. Vive al otro lado del bosque y está enferma.

El lobo sonrió para sí mismo. Ya tenía un plan.

—¡Qué buena nieta eres! —dijo—. ¿Has visto las flores tan hermosas que crecen más allá del sendero? Seguro a tu abuelita le encantarían.

Caperucita dudó. Pensó en su abuela y en cuánto le gustaban las flores.

Así, sin darse cuenta, se apartó del camino para recoger flores, mientras el lobo corría velozmente por el sendero directo hacia la casa de la abuela.

Al llegar, el lobo tocó la puerta suavemente.

—¿Quién es? —preguntó la abuela con voz cansada.

—Soy yo, Caperucita —dijo el lobo, imitando su voz.

La abuela abrió la puerta y, antes de poder reaccionar, el lobo la encerró en un armario. Luego se puso su gorro, se metió en la cama y esperó.

Mientras tanto, Caperucita seguía recogiendo flores, sin notar que el sol comenzaba a bajar. Cuando finalmente retomó el sendero, se dio cuenta de que había tardado más de lo previsto.

Al llegar a la casa de su abuela, algo le pareció extraño. La puerta estaba entreabierta y el lugar se sentía silencioso.

—¿Abuelita? —llamó con suavidad.

Entró despacio y se acercó a la cama.

—Abuelita, qué ojos tan grandes tienes…

—Son para verte mejor —respondió el lobo.

—Abuelita, qué orejas tan grandes tienes…

—Son para oírte mejor.

—Abuelita… qué dientes tan grandes tienes…

—¡Son para comerte mejor! —rugió el lobo, saltando de la cama.

Caperucita gritó con todas sus fuerzas. Por suerte, un leñador que pasaba cerca escuchó el grito y corrió hacia la casa. Al ver al lobo, lo enfrentó y logró ahuyentarlo para siempre.

La abuelita salió del armario, temblando pero a salvo. Abrazó fuerte a Caperucita, y ambas lloraron de alivio.

Esa tarde compartieron las tortas y hablaron de lo sucedido. Caperucita comprendió que desobedecer y confiar en extraños había sido peligroso.

A partir ese día, Caperucita Roja siguió siempre los consejos de su madre, aprendió a ser cuidadosa sin dejar de ser curiosa.

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